
Ya hace tiempo que fuimos a cosechar la miel que nos va a acompañar todo este año. Y cada vez que vamos al apiario, nos pasa lo mismo: ir al campo a encontrarnos con las abejas es una experiencia sensorial completa.
Llegamos temprano, cuando el día recién se despereza. El lugar es privilegiado: naturaleza alrededor, aire fresco, y ese “silencio” habitado de sonidos… pájaros, hojas, algún insecto, la vida entera avisando que estamos entrando a un territorio donde conviven muchas especies. Esa paz ya te relaja. Te acomoda el cuerpo y la cabeza para lo que viene: visitar colmena por colmena, cada una con su carácter, su momento y su historia.
Esta vez la visita era para cosechar. Ya les habíamos dejado espacio de sobra para trabajar, sumando medias alzas melarias cuando correspondía, y en una visita anterior ya habíamos comprobado que estaban bien cargadas.
Entonces sí: una a una, fuimos retirando las medias alzas rebosantes de miel. Con movimientos tranquilos, con el mínimo humo necesario y sin alargar de más la apertura de la colmena, porque en verano todo se acelera: el estrés sube rápido y el pillaje también si dejás miel expuesta. La idea siempre es la misma: cosechar sin alterar, entrar, hacer lo justo y salir.
Tenemos como costumbre no cosechar todo, solo el excedente. Por eso, a cada colonia le dejamos una media alza entera como reserva. Es su despensa: para el invierno, para períodos de lluvia, para días de mal tiempo o de calor fuerte en los que no puedan salir a pecorear y “saborear el néctar de sus flores”. Que la colmena quede con comida propia es parte del bienestar y la salud de las abejas: les asegura energía y nutrientes para criar, mantener la temperatura del nido y sostener su sistema inmune en épocas de frío, lluvias o escasez. Y además habla de la calidad del manejo, porque cuando cosechás dejando reservas, no obligás a la colonia a sobrevivir a base de alimentación artificial y estrés.
Después, con las alzas ya retiradas y bien tapadas para que no absorban humedad ni se llenen de abejas curiosas, nos fuimos a lo que sigue en esta historia: la extracción. Margot nos espera siempre en su sala de extracción en Guadalupe, y se nota en cada detalle que tiene muchos años de experiencia. No solo pone el espacio, el orden y la limpieza de su sala: también nos va compartiendo tips y observaciones apícolas que siempre nos viene tan bien.
Y ahora con este calor, sí: es el mejor momento para envasar. Recién salida, la miel está más líquida y fluye fácil, sin necesidad de forzar nada. Aprovechamos el verano para enfrascar, cerrar bien y guardar en un lugar fresco y oscuro.
Más adelante, en otoño e invierno, va a pasar algo que a mucha gente le asusta… pero que en realidad es una buena noticia: la miel va a cristalizar. Y eso no significa que “se puso mala” ni que esté adulterada. Al contrario: la cristalización es un proceso natural, típico de mieles reales, que depende de su composición, de la temperatura y del tiempo. La calidad de la miel se nota también en eso: cambia de textura, se vuelve cremosa o granulada según el caso, y sigue siendo la misma miel.
Y si alguien la prefiere líquida, con un baño María suave, a temperatura baja y con paciencia, alcanza para que vuelva a aflojar sin arruinar aromas ni propiedades.
Al final, eso es lo que nos llevamos de cada cosecha: frascos llenos, sí… pero también una certeza. La miel no es solo un producto. Es el resultado de un paisaje, de una temporada, de decisiones de manejo y de un vínculo. Y cuando lo hacés con respeto, se nota en el sabor, en el perfume… y en la tranquilidad con la que las colmenas siguen su camino después de que nos fuimos.
